domingo, 11 de noviembre de 2007

Columna de Opinión

...EL DESPACHADOR:::
La muerte es una racionalidad que se intenta explicar de palabras insulsas sin sentirlas y creérselas, porque cuando le pasa muy cercanamente la muerte por su casa, es bastante irrazonable.

Cuando llega nadie le agradece su llegada; las secuelas que ella deja, son huecos muy profundos que llegan afectar la vida, la salud, las ocupaciones, la diversión, la vida misma. Después de la muerte, esas secuelas que le deja a los vivos se mimetizan en terapias Psicológicas y/o Psicoterapéuticas, los emocionales como dirían los paisas, se entierran con el muerto. La muerte es la compañía que nadie quiere que llegue a su puerta, talvez porque en nuestra cotidianidad está sólo en los noticieros, en los lugares poblados de guerrilla y delincuencia común, olvidados por un gobierno que pareciera que está de adorno para hacer relaciones publicas por le mundo durante cuatro largos años.
El pasado lunes festivo estaba junto con mis compañeros de Liderazgo, en el cierre del programa. Con las maletas al hombro y de repente una llamada: a Joha una de las compañeras, sólo se le escuchaba decir: -¿Enserio Cristian? , ¿Y Caro cómo está?- ahí es cuando digo que la muerte no es bienvenida, el papá de Caro, falleció en un accidente de tránsito.Inmediatamente nos dirigimos al velorio, luego al entierro.

Asistimos a la misa, que por cierto nos causo asombro y tranquilidad, por ser una misa sentida, no las que a veces se suelen oír aprendidas y memorizadas, sin embargo fue algo dramática por el tono y el hilo lento y pesado con el que el sacerdote llevaba el discurso, pensamos que era algún familiar.
Para el momento enteramente familiar nos retiramos, porque no falta el sapo que éste viendo como fue que quedó el muertito y como lo entierran. ¿Será que es tan común la muerte en nuestro país que ya ni los sacerdotes respetan esa última despedida?

Esperamos a Caro en la cafetería, allí, en la mesa de al lado había un hombre delgado, de unos 50 años, que hablaba por celular y muy parecido al sacerdote: -“Si, estoy aquí en jardines del palmar”- -“Si si, ya despaché el de las 3, ahora viene el de las 4 y también lo despacho yo”-

Evidentemente era el “sacerdote”, ese que casi derrama las lágrimas en la misa fúnebre, haciendo el papel de doliente cuando ni siquiera conocía a Fernando Serna.
Los que asisten a despedir al muerto, quedan engañados creyendo que el sacerdote acompaña a sus dolientes en la tristeza, cuando sólo lo hace de forma cotidiana, es ahí cuando me pregunto que tan peligroso puede llegar a ser la cotidianidad, la vida sin niveles, el mismo desayuno todos los días, y en un oficio de humanos, aparentar dolor, aparentar entender y comprender al otro, sobre todo en un país que nos acostumbramos a los muertos, porque afortunada o desafortunadamente siempre están lejos de nosotros, aparentemente.

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